El vestido que mató a Baby Jane

«Uno nunca debe decir cosas malas sobre los muertos, sólo se deben decir cosas buenas… Joan Crawford está muerta, ¡qué bien!» (Bette Davis)

El pasado domingo fue la Gala de los Oscar y finalmente Paco Delgado no pudo conseguir su estatuilla por su impecable labor con el diseño de vestuario de “Los Miserables”. De nuevo, como viene siendo tendencia, fue un film de corte aristócrata el que se llevó el premio, Anna Karenina, como años anteriores lo hicieran La joven Victoria, La duquesa o Elisabeth.

Este premio comenzó a otorgarse por la Academia en 1948. Hasta 1966 fue una categoría doble, en la que se distinguía entre películas de color y películas en blanco y negro. Viendo incrementado su valor radical -no sólo el estético- a lo largo de los años (aunque siga siendo una profesión injustamente poco reconocida), el diseño de vestuario es una disciplina que encierra desde sus primeros momentos una configuración artística innegable, ya que dispone, junto al guión y la interpretación, la esencia de cada personaje, de su ambiente y su final veracidad, de un modo esencialmente creativo y laborioso.

Johanna Johnston, diseñadora de vestuario de películas como Lincoln, El sexto sentido o Forrest Gump, decía para The Hollywood reporter:

La gente cree que un vestuario es algo sencillo, ya que todo el mundo se viste por la mañana. Pero es algo profundo y complejo. En los años cuarenta era una profesión mucho más respetada y todo estaba mucho más elaborado y construido.

El propio Paco Delgado hace una interesante reflexión para El País sobre las narraciones realistas contemporáneas a través del vestuario (Narrar con trajes):

La gente no se da cuenta de lo complicadas que son. Se cree que vas a una tienda y compras cuatro cosas. Si te planteas que el vestuario tiene que explicar cosas y definir a un personaje, hacerlo con ropa contemporánea es dificilísimo. Las claves psicológicas de la ropa contemporánea son más sutiles que las de la de época. En una producción histórica haces un agujero y tienes un pobre. Pero hoy, un pobre no necesariamente lleva un roto. Hay una sutileza inexistente en la ropa de época, donde el trazo es más grueso.

Todo esto me lleva a hablar sobre el que será mi fragmento número 2. Fue en el año 1962 cuando ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?) conseguía el Oscar al mejor diseño de vestuario como película en blanco y negro.

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Esta gran obra, dirigida por Robert Aldrich, nos ofrece una sórdida representación de la envidia, la ambición y la decadencia de la fama, a través de una manufactura moderna pero muy lírica, heredera del suspense opresivo de la Psicosis de Hitchcock y del terror  melodramático de El crepúsculo de los dioses de Wilder.

La historia nos descubre el proceso de una maldad cainita agotadora, una especie de necrología de dos hermanas que se odian, interpretadas por dos mujeres que se odiaban en la vida real – Aldrich supo aprovechar esto para crear una elocuente tensión en su narración. Con todo, ellas también pusieron de su parte: Bette Davis y Joan Crawford fueron grandes enemigas, tanto fuera como dentro de la pantalla. Para las escenas de más violencia, Crawford se metía pesas en los bolsillos para hacer que Davis tuviera que esforzarse más en arrastrarla, dañando su espalda. En otra ocasión, Crawford tuvo que ir al hospital por una brecha que Davis le produjo en la cabeza durante la grabación de planos en los que sus personajes se golpeaban. Parece que ambas actrices se tomaban sus papeles muy en serio.

Realidad o ficción, finalmente el diseño del vestuario, realizado por Norma Koch, alcanzó el listón de estas anéctodas y fue capaz de acompañar a las interpretaciones y la dirección artística para encerrarnos en la vida vacía de Jane y Blanche, para hacernos sentir pena, dolor, asco y miedo, mucho miedo. Un vestuario que da color a un blanco y negro más negro que nunca y que es capaz de convertir en fantasmas a los que aún parecen estar vivos. Tengo pruebas: