Cría cuervos: Carlos Saura y sus nidos para la memoria


“El cine es maravilloso, pero brutal.”
(Carlos Saura)

En ocasiones, hay cosas que se aferran tanto a uno que es difícil no reconocer su influencia. Eso me ocurre a mí con Cría cuervos de Carlos Saura (1975), y eso le ocurrió a Carlos Saura con Buñuel. El primero hablaba a menudo de la impronta que el director aragonés había dejado en el desarrollo de su cine, y con respecto a su admiración declaraba:

Buñuel formaba parte de los exiliados, de los que en mi colegio era mejor no hablar. Nombres prohibidos, fantasmas que pertenecían a los perdedores de la guerra, demonios socialistas, marxistas, anarquistas, ateos y masones… ¡Qué contraste su vitalidad, su pasión, con nuestra generación de velatorio, desencantada y aburrida, de mis años de posguerra!

Sin embargo, ese desencanto y aburrimiento fueron gestionados de una manera tan brillante que hoy en día se han convertido en plena belleza, atroz, pero belleza. Algo similar a una Victoria de Samotracia, aún hermosa sin cabeza.

Mi llegada a Cría cuervos fue el resultado de un ejercicio de elección aleatoria. En el programa de una asignatura había una lista de autores y una larguísima relación de obras, y sólo una a escoger. No sé qué me llevó a elegir esta, pero la elección cambió mi modo de sentir a Saura, mi forma de apreciar el cine de posguerra y mi manera de valorar, de manera general, una película.

El filme, que obtuvo el Premio del Jurado del Festival de Cannes de 1976 ex aequo con La marquesa de O de Éric Rohmer, es un ejercicio simbólico magistral que establece un espejo en el que reflejar el desarrollo de la sociedad española a lo largo de la dictadura franquista. A través de los ojos inmensos de una Ana Torrent niña, sobre la que recae la tensión narrativa de las metáforas superpuestas, Carlos Saura deja en el aire la segunda parte del refrán. En efecto, la historia declara y cimienta la importancia de la educación -no sólo la institucional- en el desarrollo de la conducta social colectiva. Este hilo se desarrolla a través de un guión imponente que juega a lo largo de todo el metraje con la articulación de la falsa expectativa y la individualidad de las verdades universales. Rodada meses antes de la muerte de Franco, constituye un ejercicio testimonial y crítico imprescindible, un ejemplo del modo en el que el arte contemplaba a aquella sociedad que luchaba por despertarse de una larga pesadilla.

La inquietud general del núcleo de la cinta se apoya en una casi-ausencia de banda sonora. Sólo tres canciones acompañan, en diégesis, a la imagen: “Canción y Danza nº5” de Federico Mompou, el “¡Ay Maricruz!” de Imperio Argentina  y “Por qué te vas” interpretada por Jeannette. Esta última se convierte en un potente elemento activo de expresión, actuando cuidadosamente como segundo narrador a lo largo de varios momentos del relato. Además, la inclusión de este tema hace un guiño a la modernidad, rememorando el uso del twist que Berlanga hicera en el final de El verdugo.

Gracias a la película, que consiguió gran reconocimiento fuera de nuestro país –especialmente en Francia-, “Por qué te vas” fue un gran éxito de ventas en varios países. Mediante la siguiente escena, donde la canción conduce la acción, he conseguido fragmentar las emociones que esta película me produjo, la primera y las tantas veces que la he vuelto a ver.

[youtube.com/watch?v=1loDqJ_TN50]

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