Blue Valentine: el amor no está en la carta de postres

Aunque tengo la preocupación frecuente de volver a décadas pasadas para encontrar objetos valiosos, a veces viene la sopresa. En  ocasiones, fragmentos contemporáneos llegan para quedarse. Puede que no hubiera ido a verla al cine si María no me la hubiera recomendado. Esta entrada es para agradecerle el consejo -y para cicatrizar al fin la decisión. Así es Blue Valentine, una pequeña tortura eufónica.

Dentro de la última moda indie de narrar el desamor, he encontrado en esta película la versión más desgarradora y tierna, la más feroz y la más humana. El espectador se convierte en un invitado al que  nadie espera, en juez y parte de una historia que consigue volverse real al atravesar la experiencia de quien la está contemplando. Porque todos hemos estado des-enamorados alguna vez y aún tenemos miedo de volver a estarlo, dentro de una especie de “complejo del desamor” que a veces tratamos de paliar con alguna comedia romántica de final previsiblemente feliz.

Tras sesenta borradores y diez años buscando financiación (sumando otros dos para su estreno en España), Derek Cianfrance nos presenta justamente lo contrario, lo que no queremos ver, un desamor a bocajarro a través de un montaje paralelo que alterna de manera contundente dos fases de una crónica: el eufórico principio de una relación y el final, áspero como cualquiera. Lo que hay en el medio poco importa, porque ya todos lo conocemos: es nuestra propia historia.

Recopilando unas intepretaciones ejemplarmente honestas, queda para el recuerdo el modo en que Ryan Gosling y Michelle Williams se enfrentaron a sus papeles:

Durante el largo tiempo en que estuvimos preparando nuestros personajes antes de rodar, Michelle y yo casi no nos habíamos visto nunca. Así que, cuando llegamos al set, realmente nos conocimos ante la cámara, en la piel de nuestros personajes. Y casi todo lo hacíamos en largas tomas, a la primera. Derek quería mostrar los efectos del paso del tiempo en una pajera, mostrar la erosión en nuestros personajes. Para él, son como banderas desgastadas por el sol, desgarradas por el viento…

Con esta elocuente metáfora, Gosling certifica su experiencia. El rodaje fue realizado de manera cronológica, grabando en tres semanas consecutivas la primera pieza de la relación, el dulce y vehemente enamoramiento. Entonces, hubo un paréntesis de un mes en el que Williams y Gosling estuvieron conviviendo en un apartamento de alquiler, preparando en lo cotidiano la parte del presente en decadencia. Se comportaban como una pareja al uso, adaptándose a sus personajes en función del otro, haciendo la compra juntos, cocinando, y sobre todo, acostumbrándose y aprendiendo a discutir.

Además, Cianfrance supo manejar su talento. Tal y como cuenta Gosling, el director no estaba interesado en que los actores reprodujeran el guión al pie de la letra, un guión que había escrito doce años antes y del que ya sólo le interesaba la esencia. Antes de rodar, les concedió libertad y les pidió improvisación. Esto resulta vital en escenas como la del puente, donde Dean (Ryan Gosling) actúa de una manera totalmente visceral -y fuera de guión. Del mismo modo, les daba instrucciones contradictorias y confidenciales en las escenas en las que discutían. Mientras le pedía a Williams que tratase de evadir la discusión, a Gosling le sugería que insistiese e intentase convencerla. Esto supone un ejercicio vital para conseguir la tensión que nos transmiten a lo largo de la historia.

Esta segunda fase, que le otorga una delicadeza y materialidad espléndidas a un relato tan usual, estuvo a punto de no realizarse. Tras rodar la primera parte, Cianfrance admite que hubo serias dudas sobre la continuación de la película. La idea, por suerte no exitosa, era concluir la historia como la mera descripción del surgimiento del amor, titulada simplemente “Valentine”.

Afortunadamente, no sucedió así, y el “fue bonito mientras duró” se hace entonces, uniendo ambas etapas, más amargo que nunca, en una progresión de emociones enfrentadas a través de la cual ambos actores, con su naturalidad y empeño, hacen que el amor se dibuje fuera de la carta de postres.

Evito hablar del final porque la llegada de los créditos me produjo una profunda sensación de abandono que no quisiera estropear a nadie -incluso esa sensación, bien ofrecida, tiene su encanto. Así pues, el fragmento dentro del fragmento es la escena del ukelele. Parece que algunos opinan que resulta artificial y absurda, pero dentro del conjunto se convierte en el rotundo  prefacio del desastre, en la euforia acre de un cuento que para entonces ya sabemos que tiene fin. De manera aislada, es simplemente bella:

[youtube.com/watch?v=VNZgUM542VI]

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