La intertextualidad kitsch de la chica Almodóvar

Mi fragmento número 3 ha de ser, por fin, relativo al cine español, mi reducto particular. Justo hoy se estrena en cines una de las películas más esperadas de la temporada, Los amantes pasajeros, la vuelta a la comedia pop de Pedro Almovódar que en los pases de prensa ya ha decepcionado a algunos críticos –@aarandalamas: «Me temo que con los amantes pasajeros Almodóvar se ha estrellado en el avión…».

Con todo, sigo considerando valioso que surjan películas nacionales a este nivel (no sólo por su calidad -que aún está por valorar-, sino por su capacidad de difusión y repercusión), en un momento en el que a los españoles tanto nos cuesta acudir a las salas.

Más fácil será para mí, tan débil a este autor que un póster de Todo sobre mi madre lleva clavado en mi salón (en mis diferentes salones) desde 2006. La primera película española en ganar el Oscar, el Globo de Oro y el Bafta como mejor película extranjera, ha estado muy presente para mí desde que empecé a crecer, sobre todo, en lo que respecta al cine.

Fue su película perfecta, esa que reina en toda carrera exitosa. Tuve suerte en aquel momento en que llegó a mis manos. Lo hizo por casualidad y justo dos semanas después de haber visto All about Eve (Eva al desnudo), a la que el director rinde un honesto homenaje. Todo en esta cinta se presenta significativo y necesario, pero lo que más disfruté en su momento, y en momentos de investigación posterior, fue su valiosa intertextualidad, su elegante circularidad metafórica. Almodóvar, tan veterano y artista, sabía ya entonces que nada queda por inventar, y de este modo consiguió crear una atmósfera terriblemente magistral en la que encierra, sin ahogarlos, a grandes iconos de la cultura internacional. Con su presencia y esencia, todos ellos consiguen afianzar la tesis de la cinta.

Pero, ¿cuál es esta tesis? “A Bette Davis, Gena Rowlands, Romy Schneider… A todas las actrices que han hecho de actrices, a todas las mujeres que actúan, a los hombres que actúan y se convierten en mujeres, a todas las personas que quieren ser madres. A mi madre”. Así dedica Almodóvar su película.

Basándose en una afirmación de Lorca, que sostenía que España era un país de grandes actrices, el director declaraba sobre su obra:

Mi idea al principio fue hacer una película sobre la capacidad de actuar de determinadas personas que no son actores. De niño yo recuerdo haber visto esta cualidad en las mujeres de mi familia. Fingían más y mejor que los hombres. Y a base de mentiras conseguían evitar más de una tragedia.

La mentira, el silencio y el drama que a menudo otorga a sus personajes femeninos no son sino rasgos de la opresión que sufre la mujer, vías de escape y soluciones fugaces a una maternidad muchas veces vulnerada. Además, presenta la capacidad de ser madre como la mayor de las capacidades humanas, la más sincera, la más estimable.  Todo ello rodeado de sus temas habituales (deseo, soledad, redención…) y de una estética kitsch tan excéntrica como siempre, que consigue enraizar sus temas, tan universales, en la esfera más cotidiana.

Y lo vemos a través de una especie de metacine en el que surge desde el mismo principio la Margo Channing que Bette Davis hizo suya en Eva al desnudo; la Romy Schneider de Lo importante es amar, que en su vida real no fue más que una alcohólica teatral y solitaria que, al igual que Manuela (Cecilia Roth), vio morir demasiado pronto a su hijo David; la memorable Gena Rowlands de Noche de estreno, referente del que más bebe Huma Rojo, el personaje de diva que en esta película nos ofrece Marisa Paredes. Ellas son la cara visible de este entuerto. Muchas actrices que hacen de actrices, que se introducen en una espiral eterna, interpretando para no dejar morir su ficción, para no dejar que la realidad las asfixie.

Fragmento 3

Pero Almodóvar también nos presenta esto a través de una casi metaliteratura que narra con fuerza y sin miedo a Tennessee Williams, a García Lorca, a Truman Capote, encumbrando a los que un día le enseñaron un poco de lo que cuenta. Todo parece perfecto. Y entenderlo nos produce algo similar al síndrome de Stendhal.

Al final, es fascinante descubrir cómo un hombre es capaz de entregar tal homenaje a las mujeres, a las madres de todos nosotros, ofreciendo un testimonio que encierra tantos años, tantas palabras y tantas lágrimas, para triunfalmente conseguir la complicidad que otorga la belleza de la forma. Nada sencillo. Creo que el genio ha de esperar a la edad precisa y no dejarla pasar, esa que se halla entre la vanidad de la juventud y la opacidad y agotamiento de la vejez.

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Un pensamiento en “La intertextualidad kitsch de la chica Almodóvar

  1. Me encanto!! Que bien te explicas , te deberian leer aquellos que dicen que Almodòvar solo hace cine de mariquitas y chicas de vida alegre(sobre todo incultos que no entienden la peli del poster de tus salones 😉

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